martes, 1 de mayo de 2018

Las praderas del cielo



Este primero de mayo a los miembros de club de lectura nos toca hacer la reseña de “Las praderas del cielo de John Steinbeck”, un libro escrito en 1932 y compuesto por una colección de cuentos situados en un fértil valle, situado cerca de la ciudad de Salinas (ciudad que vio nacer a Steinbeck) y cuyo nombre da título al libro. Los cuentos son pequeñas historias que pueden ser leídas de forma independiente pero que además de compartir localización comparten una serie de personajes que pasan de ser los protagonistas de una historia a espectadores de la siguiente.

A pesar de que el libro está escrito en mitad de la gran depresión del 28, y teniendo en cuenta que gran parte de la obra posterior de Steinbeck se centró en contarnos la lucha por la supervivencia de los campesinos norteamericanos que habitaban en ese mismo territorio, nos encontramos unas historias con cierto poso agridulce que nos hablan desde cómo llegaron los primeros pobladores españoles desde el sur, a los primeros que vinieron desde el este de la unión para finalizar con una visión seguramente premonitoria del futuro que le esperaba, un futuro en el que las granjas y los prados serían reemplazados por mansiones y campos de golf.

“Las praderas del cielo” es un libro fundamentalmente amable, la prosa de Steinbeck es tan sencilla que resulta sublime, no necesita de grandes circunloquios para llegar al fondo de lo que quiere contarnos, por momentos parece un reportero que cámara en mano nos lleva a visualizar la vida de los protagonistas, a los que más que crear parece descubrir, siempre desde un punto de vista humanista en el que las acciones son consecuencias de los pensamientos de los protagonistas, sin buscar falsas motivaciones ni excusas, ni siquiera las de la religión que prácticamente no es mencionada.

Eso no es óbice para que los cuentos estén cargados de un toque de misticismo, de fabulaciones de los personajes que creen en maldiciones, que tienen visiones, que temen a los muertos, que a veces son criaturas imperfectas que conviven con una sociedad que busca el sentido de la comunidad como defensa a su aislamiento, que vive en general sin grandes preocupaciones pero que esconde entre las millas que separan cada granja anhelos y tragedias individuales. Es justo en esa dicotomía en las que Steinbeck encuentra un caldo de cultivo perfecto para su pluma.

Según se avanza en la lectura de los cuentos, es posible ir descubriendo las diferentes ideas que el autor va diseminando entre ellos, una de las más importantes es ponernos frente a personajes, tal vez mezquinos, que sufren por la posesión de las cosas, a veces tan inmateriales como la virginidad de una hija, y frente a personajes, tal vez pusilánimes, que ven crecer la maleza en sus fincas y convertirse sus ropas en harapos mientras que leen a los clásicos. Historias que nos hacen preguntarnos si la verdadera pobreza es intelectual o material. Curiosamente, o no, muchos de los relatos giran en torno a la enseñanza y su importancia para esa sociedad, que ve en su escuela un signo de orgullo. También es importante el contraste que en un segundo plano se da entre la vida en el campo y la ciudad, siempre cercana y acechando a los personajes que, por unas circunstancias u otras, pueden acaban engullidos por ella.

En conclusión, “Las praderas del cielo” es un libro que merece la pena ser leído, que nos va a dar mucho más de lo que conlleva su lectura y que nos va a dejar una sensación positiva porque vamos a creer que lo importante de lo que cuenta no son las cosas que en él suceden, sino los valores que vemos en los personajes, y estos no son necesariamente buenos pero al menos son consecuentes con sus valores morales, para lo bueno y para lo malo, y esa coherencia no es difícil hacerla nuestra. Como siempre podréis leer las opiniones de mis compañeros en sus blog, siempre es interesante ver sus puntos de vista y compararlos.

lunes, 1 de mayo de 2017

Los vagabundos de la cosecha

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El segundo libro que el 2017 ha traído al Club de Lectura ha sido “Los vagabundos de la cosecha” de John Steinbeck, bueno, más que el 2017 lo ha traído Carmen, que con gran caridad nos ha ahorrado leer “Germinal” de Zola. Yo estoy seguro de que hubiera sido un libro estupendo leído por un club de lectura equivocado, así que mejor lo dejaremos libre para que pueda fondear en otro club, de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor, en el que seguramente será más apreciado.

La editorial Libros del Asteroide, que además de publicar el libro lo acompaña de un estupendo prólogo de Eduardo Jordá, lo resume de esta manera: “A comienzos de los años treinta, cuando el país atravesaba la Gran Depresión, una persistente sequía asoló el medio oeste de los Estados Unidos, expulsando de sus granjas a decenas de miles de campesinos que se vieron obligados a emigrar en busca de trabajo. Se calcula que cerca de ciento cincuenta mil norteamericanos vagaban por las carreteras del estado de California ofreciéndose como temporeros para la cosecha. A pesar de ser imprescindibles para llevar a cabo la recolección, eran recibidos con odio y menosprecio por los habitantes de las localidades por donde pasaban, tachados de ignorantes, sucios y portadores de enfermedades. John Steinbeck, entonces un prometedor escritor, los retrató en una serie de reportajes aparecidos en 1936 en The San Francisco News. El trabajo realizado para preparar estos artículos le permitiría publicar, poco más tarde, su novela más lograda: Las uvas de la ira. En la misma época, otra artista, la fotógrafa Dorothea Lange, fue contratada por el Gobierno federal para documentar la situación de esos inmigrantes. Algunas de aquellas imágenes se han convertido en clásicos de la fotografía, del mismo modo que los reportajes contenidos en este libro se han convertido en clásicos de la literatura.”

Posiblemente el valor literario de este pequeño libro no vaya más allá de su valor como documento histórico, pero debería ser de lectura obligatoria generación tras generación hasta que algún día aparezca en el cielo el cuarto de los jinetes del apocalipsis, ese que aparece en el Apocalipsis 6:8 “Miré, y vi un caballo bayo. El que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades lo seguía: y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las fieras de la tierra”. Estoy seguro de que la persona que escribió esto hace milenios conocía la verdadera naturaleza del hombre, esa naturaleza que hace que situaciones de este tipo se repitan por cada rincón del mundo, incluso en lugares en los que hemos dado tan por hecha nuestra forma de vida que la hemos despreciado al máximo hasta correr el riesgo real de volver a épocas oscuras y miserables. Los granjeros del medio oeste americano conocieron el apocalipsis, rodeados de los que hasta hacía nada eran como ellos, de los que hablaban su misma lengua y rezaban a su mismo Dios, es el terror desnudo y da pánico conocerlo.

En los últimos años me he interesado por la historia de los EEUU y he llegado a admirar muchos aspectos de ese país de inmigrantes, unos inmigrantes sin los que nunca hubieran llegado a ser nada de lo que son, y en el propio libro Steinbeck nos habla de los temporeros japoneses, chinos, filipinos y mexicanos, que son vistos como una segunda división del ser humano, no por él sino por la sociedad, una especie de ganado cualificado para las labores del campo. Una situación que se normaliza hasta el momento en el que son otros norteamericanos los que pasan a ser los huéspedes de ese inframundo, antiguos propietarios de tez clara arruinados, destinados a caer en un abismo que el autor describe poniendo a diferentes familias por ejemplo, desde los recién llegados que aún conservan cierta esperanza hasta los que ya están tan derrotados que sólo esperan la muerte comidos por la enfermedad y la mierda. Es el mismo relato de niños de vientre hinchado y madres con los pechos secos que hemos convalidado en África y que parece imposible de asimilar si lo trasladamos a los fértiles valles de California en el siglo pasado.

Y es que más allá del lugar, más allá de la raza, lo que verdaderamente nos hace menos humanos ante la sociedad en la que vivimos es la pobreza. La pobreza nos resulta algo intolerable, algo que nos repugna, algo que nos aterra, la pobreza representa todo lo que queremos lejos de nuestra vida, no queremos verla porque además de atemorizarnos también nos avergüenza, vivimos mucho mejor sabiendo que es cosa de otros, y que en el fondo podemos actuar ante ella de la misma manera que actuamos con esos anuncios de niños desnutridos, cambiando de canal o al menos sintiendo el impulso de hacerlo. Steinbeck con sus crónicas justo nos sienta en el borde de ese acantilado del que podemos caer en cualquier momento, y en las fotos de Dorothea Lange nos vemos frente al espejo sin poder evitar pensar que igual algún día podría ser nuestro rostro el que vemos reflejado.


Como siempre encontraréis otras opiniones, seguramente mucho más interesantes, en las reseñas de DesgraciaítoCarmenPaula y MG, ¡corred a leerlas!

miércoles, 1 de marzo de 2017

La muerte de Ivan Ilich

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Hemos comenzado en el Club de Lectura este año lector leyendo un relato de Leon Tolstoi titulado “La muerte de Ivan Ilich”. Un entretenimiento que se lee en una hora y que no puede hacer mal a nadie, o eso deseo, porque si seguimos haciéndonos esto a nosotros mismos la próxima reseña que haga aquí será de la hoja parroquial o de la etiqueta de una lata de melocotón en almíbar. Sin embargo tengo que dar la razón a aquel que dijo que lo bueno, si breve, dos veces bueno, porque esta pequeña novela es estupenda.

Mirando en La Casa del Libro he encontrado este resumen que me parece bastante certero, salvo por la parte de la esfinge mágica, porque como desarrollaré más tarde, “La muerte de Ivan Ilich” es puro realismo despojado de cualquier adorno: “¿Qué harías si una esfinge mágica pudiera revelarte el día y la hora de tu muerte? ¿Te atreverías a consultárselos? Y si te dijera que ibas a morir la semana próxima, ¿qué harías en tu última semana de vida? Espero que nunca tengas que hacer frente a una situación como ésta, pero, en todo caso, el tema de la muerte siempre ha estado presente en la vida de los seres humanos, hasta el punto de que muchos de los grandes pensadores lo han considerado el problema más importante, lo que más nos define: somos seres conscientes de que vamos a morir. Pero no sólo nos preocupa la muerte, sino también el envejecimiento, pues en la vejez vemos el destino inexorable que nos conduce a la muerte, el agotamiento de nuestra energía vital y de las ganas de seguir viviendo.

Ivan Ilich es un magistrado que ha vivido una vida superficial que se enfrenta al momento de su muerte. Tolstoi usa esta circunstancia para profundizar en los dos temas principales que hay en la novela, el primero el vacío que sentimos ante la perspectiva de nuestra propia muerte, el segundo sobre la banalidad de una parte de la sociedad rusa de la segunda mitad del siglo XIX, que parece estar por encima de la realidad de la gente corriente, algo que hace visible mediante el uso de expresiones francesas que era la lengua de la alta sociedad y de los zares. Ambos temas se ven unidos de forma magistral en las reflexiones que hace Ivan Ilich según va siendo consciente de que la enfermedad que sufre es irreversible.

En un primer momento el protagonista nos narra su juventud, que no es otra cosa que una búsqueda de notoriedad social, aderezada por partidas de cartas, bailes y un matrimonio poco feliz pero muy conveniente. Poco a poco vamos viendo como todo eso son los falsos cimientos de una vida cada vez más fingida e infeliz que está predestinada al desastre, como símbolo de ello Tolstoi elige la figura de este matrimonio que al principio, aunque no haya mucho amor de por medio, es conveniente, que entre medias es algo de lo que hay que huir aunque sea refugiándose en el trabajo y que acaba en el más puro desprecio. Ivan Ilich, que al principio trataba de justificar esa vida tan superficial, termina por admitir que toda su vida ha sido un desperdicio, que nunca ha sido feliz, menos en su niñez, que ha sido el único momento puro de su vida.

El final se resume en un grito de desesperación de Ivan Ilich que dura días enteros y que no es otra cosa que la forma de admitir la derrota que su vida ha supuesto. Es el reconocimiento de su equivocación, la forma de llenar la soledad en la que se encuentra porque no quiere saber nada de esa familia y amigos más preocupados por recoger sus despojos que de mitigar su sufrimiento, ya no el físico sino el intelectual. Al final, cuando ya todo es inevitable, llega la resignación y con ella la paz, es el único momento en el que la muerte ya aparece como un alivio, como el camino más sencillo, el lugar que nos espera a todos, lo que hace que la novela siempre vaya a ser actual y que cada lector se ponga delante de ese vacío que nos da tanto miedo.

Como siempre encontraréis otras opiniones, seguramente mucho más interesantes, en las reseñas de DesgraciaítoCarmenPaula y MG, ¡corred a leerlas!

jueves, 29 de diciembre de 2016

Pepita Jiménez

Hemos terminado este año del horror leyendo 'Pepita Jiménez'. La verdad es que es un colofón perfecto porque no se me ocurre un libro peor. Bueno, podríamos haber leído a Christian Gálvez, también es verdad, pero que nadie olvide que, a pesar de todo lo que nos hemos hecho a nosotros mismos, somos un club de lectura serio.

Para no perder mucho tiempo, que bastante ya he perdido leyendo este folletín de tres al cuarto, copio este resumen de la página de la casa del libro, que además es muy gracioso, porque la primera frase incluye, quiero creer, una gran dosis de sarcasmo: “La obra cumbre de Juan Varela y una de las más importantes de la literatura española. Luis de Vargas es un joven seminarista que regresa a su casa para pasar las últimas vacaciones antes de la ordenación. Allí encontrará a Pepita Jiménez, una joven viuda de gran belleza prometida de su padre. Pronto el seminarista comprenderá que su pasión por la joven es más fuerte que su vocación sacerdotal.

Si 'Pepita Jiménez' es una de las obras más importantes de la literatura española Christian Gálvez debería sentarse en la misma mesa que Cervantes, Quevedo y Lope de Vega. A la persona que haya escrito semejante insensatez, si es que no estaba muy borracha, le deberían clavar alfileres debajo de las uñas hasta hacer saltar el control de metales del aeropuerto de Barajas. Porque menudo tostón amigos, menuda falta de sustancia, qué personajes más romos, qué prosa tan lánguida... Cuesta creer, y mucho, que un hombre de mundo como Juan Valera a los 50 años escribiese algo así, pero cualquiera en la vida puede tener su momento Christian Gálvez y sentirse escritor cuando bien se podría haber sentido charcutero. O bombero torero.

Pero la vida es así, hay que aceptar las cosas como vienen. Por ejemplo, yo me gasté nueve euros como nueve soles en 'Matar a Leonardo da Vinci' y no guardo nada de rencor a nadie.

Nada de nada.

A nadie.

Eso sí, habría sido muy interesante que Juan Valera hubiese escrito una segunda parte en la que, sin omitir detalle alguno, nos explicase como los españoles del XIX eran capaces de reproducirse por esporas. Yo creo, después de pensarlo concienzudamente, que el señorito andaluz de la época las portaba en las yemas de los dedos, de ahí las reacciones orgásmicas de Pepita y Luis cada vez que se saludaban cogiéndose, y por cogiéndose interpreten agarrándose, de las manos. Es que es increíble que semejante babieca fuese capaz de despertar pasión alguna en cualquier organismo de más de dos células, es que no ligaría ni aunque fuese el único hombre de la historia en hombres, mujeres, bíceps y berzas. Es que nadie puede creerse que ese sin sangre se bata en un duelo, aunque fuese de almohadas, es que escapa de la lógica humana que su padre no le endilgue una mano de hostias bien dadas y con la mano abierta.

Es que es el horror y, además, es muy aburrido. Leyéndolo he visto pasar mi vida varias veces y he llorado amargamente porque con todas las cosas malas que pasan en el mundo a mí, mientras sufría y bostezaba, no me ha partido un rayo. O varios.


Como siempre, encontraréis otras opiniones en las reseñas de mis compañeros, menos Desgraciaíto que seguro que lo veía venir y con su habitual inteligencia ha pasado palabra, y no me estoy acordando de ningún presentador en concreto. Carmen, Paula y MG si que han publicado y me da que van a mentir como bellacas ¡corred a leerlas! Pero hacedme caso a mí, a 'Pepita Jiménez' no lo toquéis ni con un palo.

martes, 1 de noviembre de 2016

Butcher's Crossing

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Para comenzar este otoño, que se resiste a venir con la misma desgana que nuestro club de lectura se resiste a morir, hemos leído una novela del oeste llamada ‘Butcher’s Crossing’, escrita por un señor tejano llamado John Williams. Nombre que, sin pretenderlo, me lleva a tararear las bandas sonoras de mi vida, pero no hay que confundirlo con el maravilloso compositor que tan felices nos ha hecho a todos durante tantos años. Este John Williams me temo que no pasará a la posteridad de los grandes genios pero ¿cuántos pueden hacerlo?

La editorial Lumen nos resume así el libro: ”Corren los años setenta del siglo XIX y el joven Will Andrews, recién graduado en la universidad de Harvard, decide dejar todo lo que una gran ciudad puede ofrecerle y emprender un viaje hacia el Oeste, donde espera encontrar un lazo de unión con la naturaleza. Iniciado el viaje, Will recala en un pequeño pueblo de Kansas llamado Butcher´s Crossing con la idea de dar un nuevo sentido a su vida. Todo parece tristemente anodino, pero pronto traba amistad con Miller, un hombre maduro y cazador experimentado. Miller y Andrews emprenden la aventura acompañados de otros dos hombres. La codicia febril los abocará a quedar atrapados por la nevada en aquel paraje durante meses. Es como si alguien con mucho talento hubiera convertido en novela el manido poema de Kipling: «If…you will be a man».

‘Butcher’s Crossing’ es básicamente eso, un viaje hacia la nostalgia, una mirada por el retrovisor hacia el pasado de su protagonista y al de su país, que para mí es tan protagonista como cada uno de los personajes del libro. Porque una historia como esta solo puede tener sentido en un entorno salvaje y sin cuajar. No encontramos en ‘Butcher’s Crossing’ grandes aventuras y gestas, lo cual debe decepcionar a los amantes del género que siempre esperan una bala traicionera a la puerta de un salón, más bien al contrario, nos encontramos ante una novela en la que la acción trepidante se ve reducida al mínimo para, sorprendentemente, resultar un relato calmado e intimista.

John Williams nos lleva a un territorio salvaje, en el que la naturaleza es la que manda sobre los hombres, que deben adaptarse a ella para sobrevivir. Un territorio extremo en el que hemos visto recorrer por sus montañas y llanuras héroes de todo tipo y, sin embargo, con todos estos mimbres, el autor nos entrega una novela derrotista, que nos hace dudar de las bondades humanas, y no solo porque los protagonistas se disfracen de ángeles exterminadores de bisontes, sino porque en sus páginas no vamos a encontrar una simple demostración de amistad, ni un gesto altruista, ni un poco de amor sincero. Al contrario, si algo vemos aquí es una lucha por la supervivencia, pero es una lucha individual y egoísta llena de desasosiego.

Y es algo calculado, porque el autor quiere poner todo el peso de su obra en enseñarnos que todo es efímero, que la juventud puede sólo durar un invierno, que la vida es realmente frágil, que la riqueza se puede volatilizar de repente y que lo que hoy es floreciente mañana puede estar condenado a ser comido de nuevo por las malas hierbas. ‘Butcher’s Crossing’ deja un regusto amargo de pérdida y, aunque no nos niega la esperanza de renacer, sí que nos niega la ilusión de que todo pueda a volver a ser igual que antes, porque la pérdida de la inocencia y de la virginidad es un camino sólo de ida y sin retorno.


Como siempre encontraréis otras opiniones, seguramente mucho más sensatas, en las reseñas de DesgraciaítoCarmenPaula y MG, ¡corred a leerlas!

martes, 6 de septiembre de 2016

Grandes Esperanzas


Este verano, los cada vez más anárquicos miembros del club, hemos leído “Grandes Esperanzas” de Charles Dickens, un libro estupendo, por cierto. Hacía tiempo que el club pedía a gritos leer un Dickens, pero por unas cosas o por otras, una de las cuales fue una derrota del Atleti aunque parezca imposible, lo hemos ido dejando hasta ahora y ha sido una auténtica pena, sobre todo cuando uno mira atrás y ve nuestro camino alfombrado de páginas mal escritas y peor resueltas. Pero esa es la esencia del club mientras siga existiendo, ir errantes y sin rumbo, lectura tras lectura, hasta la lectura final. Mientras que ese momento llega, y como mi blog sí que llegó a su fin, publicaré este post en el blog del club con la esperanza de que no se lo coman las arañas que viven en él.

La editorial Debolsillo hace la siguiente sinopsis del libro: “Grandes esperanzas es uno de los títulos más célebres del gran autor inglés. Publicado originalmente en 1860, narra la historia de Pip, un joven huérfano y miedoso, cuyo humilde destino se ve agraciado por un benefactor inesperado que cambiará el sino de su vida y hará de él un caballero. Una maravillosa novela de aprendizaje y una magistral galería de protagonistas que trazan un acabado retrato de época, al mismo tiempo que una honda reflexión sobre las constantes de la condición humana. La realidad de la vida cotidiana en Inglaterra y la fantasía se dan la mano, mostrándonos un mundo extraordinariamente humano y detallista y una peculiar psicología de los personajes... ”.


Grandes Esperanzas” es una novela maravillosa y todo lo que escriba a partir de esta aseveración no deja de ser mero relleno. Es maravillosa en su escritura, con un equilibrio casi perfecto entre lo que cuenta y cómo lo cuenta, Dickens es capaz de de describir todo hasta el mínimo detalle con una pincelada tan fina que hace cada escena limpia y sin relleno. Y es maravillosa en la historia y en la construcción de los personajes, a pesar de que, como es lógico, hoy en día nos pueda parecer un tanto antigua. Pero no es así, porque como demuestran las decenas de diferentes adaptaciones que de esta novela se han hecho, nos podemos llevar a los personajes y sus vicisitudes a cualquier sitio y a cualquier época y la historia sigue teniendo sentido.

Y esa es la mayor virtud, en mi opinión, de Dickens, la facilidad que tiene para describir las motivaciones humanas, de mostrar los sentimientos, buenos y malos. Porque en "Grandes Esperanzas" se narran muchas cosas más, incluyendo la forma de vivir de la época y sus costumbres, y todo esto ya es algo en sí mismo valioso, pero se queda en un segundo plano frente a la historia. Los personajes de "Grandes Esperanzas" no pretenden ser modelos de comportamiento, y especialmente su protagonista, Pip, en el que se mezclan los sentimientos más altruistas con el más profundo egoísmo, algo que se repite en otros personajes que viven con angustia su propio destino. Me ha gustado especialmente la forma que tiene Dickens de escribir en primera persona, desde el punto de vista de un niño, es de las pocas veces en las que veo al niño y no al escritor que trata de darle vida.

"Grandes Esperanzas" es una novela profunda, sincera, melancólica, con mucho fondo, es capaz de ponernos ante nosotros mismos, desnudos, haciéndonos vivir cada situación, haciéndonos pensar cómo actuaríamos nosotros en el lugar de los diferentes personajes, hasta hacernos ver que no somos mejores, tal vez tampoco peores, pero sobre todo nos hace ver que vivimos en una noria que no deja nunca de girar, o como escribe Dickens: "Un alboroto viene y otro se va, Pip; así es la vida..." Efectivamente, así es la vida.

martes, 22 de marzo de 2016

Los viajes de Gulliver



Como ahora mismo no tengo blog en el que publicar voy a aprovechar el blog del club para hacer las reseñas, si volveré o no a abrir uno sólo el tiempo lo sabe.

Esta reseña abre una nueva etapa en el Club de Lectura en la cual pasamos a leer libros de manera bimensual. Gente más sensata habría liquidado el club sin piedad después de tantos años leyendo a la deriva, sin duda, pero sucede que en nuestro caso todo lo que podría haber separado la lectura ha sido compensado por un cariño mutuo nacido del sufrimiento que ha generado la misma, además de un sentimiento de pertenencia que nos impide darle el golpe de gracia. De esta manera, seguramente, hemos conseguido convertirnos en el primer club de lectura cuyo objetivo es leer menos. Así somos.

De rebote, nos hemos puesto una serie de reglas para la selección de los libros, de las que no me quiero ni acordar, que, por supuesto no hemos cumplido. Alguna de ellas tenía algo que ver con leer clásicos, o algo así, por lo que mi elección fue el libro que paso a reseñar, “Los viajes de Gulliver” de Jonathan Swift, un libro que, por un motivo u otro, no había leído y que me apetecía leer. Cuando uno piensa en “Los viajes de Gulliver” inmediatamente rememora la historia que todos conocemos de Gulliver varado en las playas de Liliput rodeado de seres diminutos, un cuento de aventuras que asociamos al público infantil, pero, sin embargo, “Los viajes de Gulliver” no es un cuento infantil, tal vez ni siquiera es un libro de aventuras a pesar de todo, porque las aventuras de Gulliver no son más que una tapadera tras las que esconder un tratado de crítica social destinado a un público adulto.

La Editorial Juventud hace esta pequeña reseña: “Publicados en 1725, Los viajes de Gulliver relatan los cuatro viajes sucesivos de un cirujano y capitán de barco a Liliput, un país de hombres diminutos, a Brobdingnag, un país de gigantes; a la isla voladora de Laputa que gobierna sus territorios desde el aire; y finalmente al país de los Houyhnhnms, donde los seres inteligentes no son los hombres, sino los caballos. Estos relatos de viajes y aventuras de apariencia inocente, donde el viajero va relatando sus vivencias a lo largo de su camino, son en realidad una sátira despiadada sobre las estructuras y la cultura de la sociedad de la época y una meditación sobre la capacidad de perversión de la especie humana.”

Si soy sincero la primera parte del libro, correspondiente a los dos primeros viajes, me ha aburrido soberanamente, posiblemente porque Swift no tiene la mínima pereza en realizar una serie de descripciones de todo lo que Gulliver ve que aburre a las ovejas. Sin embargo, a medida que la historia avanza el escritor se va creciendo, de manera que en el tercer viaje hace una crítica estupenda de todo lo que en nombre del progreso y de la modernidad atenta contra el sentido común, una crítica completamente vigente a día de hoy, para rematar en el cuarto viaje con una crítica feroz a la política pero sobre todo a los políticos. Es realmente brillante ese mundo en el que los seres humanos se convierten en animales irracionales que no dejan de ser alimañas en un mundo gobernado de forma sensata por los caballos.

La verdad es que he terminado desconcertado al terminar el libro, porque si bien Swift pasa por un clérigo conservador la verdad es que lo que en “Los viajes de Gulliver” escribe muchas veces indica lo contrario. Es cierto que en su momento tuvo que publicar el libro bajo seudónimo, lo cual indica que posiblemente se estaba jugando algo más que su reputación, algunos pasajes hoy los firmaría un socialista e incluso una feminista, para que os hagáis una idea os dejo algunos pasajes que he subrayado.

“Igualmente pretendía que a todo senador del gran consejo de un país, una vez que hubiese dado su opinión y argüido en defensa de ella, se le obligase a votar justamente en sentido contrario; pues si esto se hiciera, el resultado conduciría infaliblemente al bien público.”

“Le expliqué que los ricos gozaban el fruto del trabajo de los pobres, y los últimos eran como mil a uno en proporción a los primeros, y que la gran mayoría de nuestras gentes se veían obligadas a vivir de manera miserable, trabajando todos los días por pequeños salarios para que unos pocos viviesen en la opulencia.”

“La templanza, la diligencia, el ejercicio y la limpieza son las lecciones que se prescriben por igual a los jóvenes de ambos sexos, y mi amo pensaba que era monstruoso que nosotros diésemos a las hembras educación diferente que a los machos, excepto en algunos puntos de organización doméstica. Razonaba él muy atinadamente que por este medio una mitad de nuestra especie no servía sino para echar hijos al mundo, y que entregar el cuidado de nuestros pequeños a esos inútiles animales era un ejemplo más de brutalidad.”

Como siempre encontraréis otras opiniones, seguramente mucho más razonadas, en las reseñas de DesgraciaítoCarmenPaula y MG, ¡corred a leerlas!.