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martes, 1 de mayo de 2018

Las praderas del cielo



Este primero de mayo a los miembros de club de lectura nos toca hacer la reseña de “Las praderas del cielo de John Steinbeck”, un libro escrito en 1932 y compuesto por una colección de cuentos situados en un fértil valle, situado cerca de la ciudad de Salinas (ciudad que vio nacer a Steinbeck) y cuyo nombre da título al libro. Los cuentos son pequeñas historias que pueden ser leídas de forma independiente pero que además de compartir localización comparten una serie de personajes que pasan de ser los protagonistas de una historia a espectadores de la siguiente.

A pesar de que el libro está escrito en mitad de la gran depresión del 28, y teniendo en cuenta que gran parte de la obra posterior de Steinbeck se centró en contarnos la lucha por la supervivencia de los campesinos norteamericanos que habitaban en ese mismo territorio, nos encontramos unas historias con cierto poso agridulce que nos hablan desde cómo llegaron los primeros pobladores españoles desde el sur, a los primeros que vinieron desde el este de la unión para finalizar con una visión seguramente premonitoria del futuro que le esperaba, un futuro en el que las granjas y los prados serían reemplazados por mansiones y campos de golf.

“Las praderas del cielo” es un libro fundamentalmente amable, la prosa de Steinbeck es tan sencilla que resulta sublime, no necesita de grandes circunloquios para llegar al fondo de lo que quiere contarnos, por momentos parece un reportero que cámara en mano nos lleva a visualizar la vida de los protagonistas, a los que más que crear parece descubrir, siempre desde un punto de vista humanista en el que las acciones son consecuencias de los pensamientos de los protagonistas, sin buscar falsas motivaciones ni excusas, ni siquiera las de la religión que prácticamente no es mencionada.

Eso no es óbice para que los cuentos estén cargados de un toque de misticismo, de fabulaciones de los personajes que creen en maldiciones, que tienen visiones, que temen a los muertos, que a veces son criaturas imperfectas que conviven con una sociedad que busca el sentido de la comunidad como defensa a su aislamiento, que vive en general sin grandes preocupaciones pero que esconde entre las millas que separan cada granja anhelos y tragedias individuales. Es justo en esa dicotomía en las que Steinbeck encuentra un caldo de cultivo perfecto para su pluma.

Según se avanza en la lectura de los cuentos, es posible ir descubriendo las diferentes ideas que el autor va diseminando entre ellos, una de las más importantes es ponernos frente a personajes, tal vez mezquinos, que sufren por la posesión de las cosas, a veces tan inmateriales como la virginidad de una hija, y frente a personajes, tal vez pusilánimes, que ven crecer la maleza en sus fincas y convertirse sus ropas en harapos mientras que leen a los clásicos. Historias que nos hacen preguntarnos si la verdadera pobreza es intelectual o material. Curiosamente, o no, muchos de los relatos giran en torno a la enseñanza y su importancia para esa sociedad, que ve en su escuela un signo de orgullo. También es importante el contraste que en un segundo plano se da entre la vida en el campo y la ciudad, siempre cercana y acechando a los personajes que, por unas circunstancias u otras, pueden acaban engullidos por ella.

En conclusión, “Las praderas del cielo” es un libro que merece la pena ser leído, que nos va a dar mucho más de lo que conlleva su lectura y que nos va a dejar una sensación positiva porque vamos a creer que lo importante de lo que cuenta no son las cosas que en él suceden, sino los valores que vemos en los personajes, y estos no son necesariamente buenos pero al menos son consecuentes con sus valores morales, para lo bueno y para lo malo, y esa coherencia no es difícil hacerla nuestra. Como siempre podréis leer las opiniones de mis compañeros en sus blog, siempre es interesante ver sus puntos de vista y compararlos.

lunes, 1 de mayo de 2017

Los vagabundos de la cosecha

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El segundo libro que el 2017 ha traído al Club de Lectura ha sido “Los vagabundos de la cosecha” de John Steinbeck, bueno, más que el 2017 lo ha traído Carmen, que con gran caridad nos ha ahorrado leer “Germinal” de Zola. Yo estoy seguro de que hubiera sido un libro estupendo leído por un club de lectura equivocado, así que mejor lo dejaremos libre para que pueda fondear en otro club, de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor, en el que seguramente será más apreciado.

La editorial Libros del Asteroide, que además de publicar el libro lo acompaña de un estupendo prólogo de Eduardo Jordá, lo resume de esta manera: “A comienzos de los años treinta, cuando el país atravesaba la Gran Depresión, una persistente sequía asoló el medio oeste de los Estados Unidos, expulsando de sus granjas a decenas de miles de campesinos que se vieron obligados a emigrar en busca de trabajo. Se calcula que cerca de ciento cincuenta mil norteamericanos vagaban por las carreteras del estado de California ofreciéndose como temporeros para la cosecha. A pesar de ser imprescindibles para llevar a cabo la recolección, eran recibidos con odio y menosprecio por los habitantes de las localidades por donde pasaban, tachados de ignorantes, sucios y portadores de enfermedades. John Steinbeck, entonces un prometedor escritor, los retrató en una serie de reportajes aparecidos en 1936 en The San Francisco News. El trabajo realizado para preparar estos artículos le permitiría publicar, poco más tarde, su novela más lograda: Las uvas de la ira. En la misma época, otra artista, la fotógrafa Dorothea Lange, fue contratada por el Gobierno federal para documentar la situación de esos inmigrantes. Algunas de aquellas imágenes se han convertido en clásicos de la fotografía, del mismo modo que los reportajes contenidos en este libro se han convertido en clásicos de la literatura.”

Posiblemente el valor literario de este pequeño libro no vaya más allá de su valor como documento histórico, pero debería ser de lectura obligatoria generación tras generación hasta que algún día aparezca en el cielo el cuarto de los jinetes del apocalipsis, ese que aparece en el Apocalipsis 6:8 “Miré, y vi un caballo bayo. El que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades lo seguía: y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las fieras de la tierra”. Estoy seguro de que la persona que escribió esto hace milenios conocía la verdadera naturaleza del hombre, esa naturaleza que hace que situaciones de este tipo se repitan por cada rincón del mundo, incluso en lugares en los que hemos dado tan por hecha nuestra forma de vida que la hemos despreciado al máximo hasta correr el riesgo real de volver a épocas oscuras y miserables. Los granjeros del medio oeste americano conocieron el apocalipsis, rodeados de los que hasta hacía nada eran como ellos, de los que hablaban su misma lengua y rezaban a su mismo Dios, es el terror desnudo y da pánico conocerlo.

En los últimos años me he interesado por la historia de los EEUU y he llegado a admirar muchos aspectos de ese país de inmigrantes, unos inmigrantes sin los que nunca hubieran llegado a ser nada de lo que son, y en el propio libro Steinbeck nos habla de los temporeros japoneses, chinos, filipinos y mexicanos, que son vistos como una segunda división del ser humano, no por él sino por la sociedad, una especie de ganado cualificado para las labores del campo. Una situación que se normaliza hasta el momento en el que son otros norteamericanos los que pasan a ser los huéspedes de ese inframundo, antiguos propietarios de tez clara arruinados, destinados a caer en un abismo que el autor describe poniendo a diferentes familias por ejemplo, desde los recién llegados que aún conservan cierta esperanza hasta los que ya están tan derrotados que sólo esperan la muerte comidos por la enfermedad y la mierda. Es el mismo relato de niños de vientre hinchado y madres con los pechos secos que hemos convalidado en África y que parece imposible de asimilar si lo trasladamos a los fértiles valles de California en el siglo pasado.

Y es que más allá del lugar, más allá de la raza, lo que verdaderamente nos hace menos humanos ante la sociedad en la que vivimos es la pobreza. La pobreza nos resulta algo intolerable, algo que nos repugna, algo que nos aterra, la pobreza representa todo lo que queremos lejos de nuestra vida, no queremos verla porque además de atemorizarnos también nos avergüenza, vivimos mucho mejor sabiendo que es cosa de otros, y que en el fondo podemos actuar ante ella de la misma manera que actuamos con esos anuncios de niños desnutridos, cambiando de canal o al menos sintiendo el impulso de hacerlo. Steinbeck con sus crónicas justo nos sienta en el borde de ese acantilado del que podemos caer en cualquier momento, y en las fotos de Dorothea Lange nos vemos frente al espejo sin poder evitar pensar que igual algún día podría ser nuestro rostro el que vemos reflejado.


Como siempre encontraréis otras opiniones, seguramente mucho más interesantes, en las reseñas de Desgraciaíto, Carmen, Paula y MG, ¡corred a leerlas!