jueves, 20 de junio de 2013

Seres mitológicos

He hecho el firme propósito de comentar algo de todos los libros que leemos (y lo estoy consiguiendo a veces...vamos, que no lo estoy consiguiendo). Pero como muestra de mi buena voluntad aquí va una reflexión: no hay nada como morirse.

Porque en ese momento pasas a ser parte de la mitología familiar, de tus amigos y conocidos, y de todos los que pasaron aunque fuera brevemente por tu vida...y si no, mirad a Paula, la gente lloraba al ver su amor, su marido improvisaba las palabras más rimbombantes (y cursis, por cierto) para atarla a la vida y todo esa palabrería que a veces se le va de las manos a la señora Allende.

Y Paula deja de ser persona desde antes del libro, es un ser mitológico, sus sobrinos sólo sabrán de ella lo mágica y especial que era y ese amor tan suliveyante que tuve...y el mundo sólo sabrá eso de ella. Porque no hay nada como morirse.

Te mueres y dejas de ser todo lo que eras, en todos los sentidos, obviamente. Pero dejas de tener defectos, que te hacen ser quien eres y como eres. Dejas de ser quien eras y también en el recuerdo. Como mucho, y si tienes suerte, esos defectos se transformarán en cosas políticamente correctas (no eras rara, sino especial...), total, que mejor no morirse.

Y en lo que respecta al libro, este es otro de los fallos que le veo, nos presenta a una Paula un tanto irreal, y seguramente eso también influye, o a mí me influye, y me distancia de Paula y de lo que le pase, y por tanto, de lo que le cuente su madre.

Espero que no haya quedado muy burro.

viernes, 7 de junio de 2013

Pelvina López-Pun


“Los recuerdos de mi niñez son dramáticos...” nos dice Isabel Allende. Y continúa reconociendo su tendencia a la exageración, a pesar de venir de un país calamitoso en su geografía, clima, geotermia y biología. Y nos avisa de que “hay material de sobra para un melodrama”. Y menos mal que avisa porque sigue de este modo:

Pelvina López–Pun, la perra que instalaron en mi cuna desde mi primer día de vida con la idea de inmunizarme contra pestes y alergias, resultó un animal lujurioso que cada seis meses quedaba preñada de cualquier can callejero, a pesar de los ingeniosos recursos improvisados por mi madre, como ponerle calzones de goma.

A ver, no, Isabel, no. Lo de menos es que hayas escrito una memez. Lo grave es que no sabes nada de la vida, querida mía. Si, como dices, tenías una perra lujuriosa, entonces unos calzones de goma son un remedio excelente contra la lujuria. Y por otra parte, ¿qué tendrá que ver el hambre con las ganas de fumar? ¿Qué puede hacer un perro contra pestes y alergias? ¿Ladrar? ¿Con unas bragas de goma en medio de un ataque de lujuria? Esto más que ser melodramático es incomprensible. 

Sigue Isabel Allende: 

Cuando estaba en celo colocaba el trasero pegado a la reja del jardín, mientras en la calle una jauría impaciente esperaba su turno para amarla entre los barrotes...

¿Amarla entre los barrotes? Sí que hay material para un melodrama, sí. Se diría que Pelvina López- Pun era como la niña del Albaicín, que vivía en su Carmen moro encerrada entre cancelas con llaves y con cerrojos y que cuando llegaba la noche llegaba también su novio, que junto a la celosía cantaba siempre celoso “me da mieo, musho mieo, me da mieo de la luuuuunaaaaaa...” Claro, que en ese caso, a Pelvina López-Pun le hubiera rondado un lobito. Ya sólo nos falta Caperucita instalando un turnomatic para que la jauría haga cola ordenadamente.

Nos dice que luego separaban a los perros con maguerazos de agua fría cuando se quedaban enganchados entre los barrotes. Yo prefiero no imaginar el espectáculo. Ese y el de la criada ahogando a los cachorros (que ella llama  muy humanamente “sus hijos”), y que creo que era la preocupación última de la madre de Isabel Allende, que debió recorrerse todo Santiago de Chile para encontrar unos calzones de goma cuando lo facil hubiera sido encerrar a la perra o andarse con un poco de cuidadito, que es lo que se hacía cuando no se esterilizaba a los perros. 

Un verano estábamos listos para partir de vacaciones, pero el viaje debió postergarse porque la perra estaba en celo y resultaba imposible llevarla en esas condiciones, en la playa no había forma de encerrarla y ya estaba demostrado que las pantaletas de goma son inútiles ante el ímpetu de una pasión verdadera.

¡Pasión verdadera! Bueno, es que si hubiera sido falsa pasión, tal vez las pantaletas de goma hubieran servido. Incluso si se hubiera tratado de un vulgar ataque de lujuria, como decía yo más arriba, pero el ímpetu de la pasión verdadera es irrefrenable: en la playa, o en la montaña, cuando dice que llega es irrefrenable. Hicieron bien en postergar el viaje: hubiera sido una sinrazón, no tengo duda.

En todo caso, me apunto la enseñanza de Isabel, que es una mujer de mucho mundo: Si veo que me enamoro mucho de pronto o que un tío me despierta pasión (nivel verdadero), paso de ponerme bragas de goma que luego vienen las infancias de melodrama. Por éstas.

sábado, 1 de junio de 2013

Paula

El libro elegido este mes por nuestros aguerridos lectores es la novela autobiográfica Paula, donde Isabel Allende nos va contando su vida a la par que espera el trágico desenlace de la enfermedad de su hija, aquejada de porfiria. La sinopsis de Paula de la editorial que lo publica en España nos dice:

Paula es una descarnada memoria que se lee sin respirar, como una novela de suspenso. A partir de una experiencia trágica, Isabel Allende escribe estas páginas conmovedoras. En diciembre de 1991, su hija Paula cayó enferma de gravedad y poco después entró en estado de coma. En el hospital la autora comienza  a contar la leyenda de su familia para su hija inerte: "¿Dónde andas, Paula? ¿Cómo serás cuando despiertes? ¿Tendrás memoria o tendré que contarte pacientemente los veintiocho años de tu vida y los cuarenta y nueve de la mía?" Aparecen entonces ante nuestros ojos los extravagantes antepasados, los recuerdos deliciosos y amargos de la infancia, las anécdotas inverosímiles de la juventud, los secretos más íntimos y transmitidos en susurros. Y también el país natal, Chile, y su turbulenta historia: el golpe militar de 1973, la dictadura y los años de exilio para la familia. Entre sus múltiples personajes se destaca el primo de su padre, un joven diputado "que predicaba contra la Propiedad privada y la moral conservadora": Salvador Allende.
Como un exorcismo contra la muerte, Isabel Allende en estas páginas explora el pasado e interroga a los dioses. El resultado es un libro mágico que lleva al lector del llanto a la risa, del terror a la sensualidad y a la sabiduría. Paula es una prodigiosa evocación y un canto a la vida escrito desde el alma por esta mujer valiente y admirable, la creadora de La casa de los espíritus

Te dejamos, como de costumbre, las reseñas de los lectores residentes del club sobre el libro de este mes.
Niño Desgraciaíto


Bichejo

Carmen

Livia

Damos además la bienvenida como nuevo lector residente a Newland, que ha pasado con nota todas las pruebas iniciáticas, aunque lo del ojo de la oveja le de un poquito de asco, y que con tal de poder participar en el grupo de whatsapp privado del club está dispuesto a leerse todo lo que mandamos aquí (cosa que, de todas formas, ya estaba haciendo).

El mes que viene hay cambio sobre el plan previsto: En lugar del libro originalmente propuesto, leeremos Cómo hablar de los libros que no se han leído, de Pierre Bayard. Sin duda, este libro nos ayudará a sobrellevar algunas de las cargas que estamos asumiendo en este club de tortura lectura.

jueves, 30 de mayo de 2013

Varios

No fui capaz de escribir un post el mes anterior (shame on me, pero lo único que se me ocurría era "menudo rollo más mortal de libro" y esa frase no da para un post, a menos que la repitas muchas veces, y tampoco era plan. Así que me tengo que resarcir este mes.

Problema: que se me ha enfriado el libro. Que hace cuatro semanas tenía montones de cosas en la cabeza y ahora todo me parece muy tonto y con muy poca chicha...así que esto es un poco un batiburrillo de cosas que me llamaron la atención y lo que se me ocurra al respecto.

"Es fácil comprender y describir los privilegios privados. Lo que resulta más difícil es transmitir el abismo de miseria pública en que hemos caído"

Y lo vemos a todos los niveles, públicos y privados. Y una crispación por todo que me supera. Twitter es un recipiente en el que todo el mundo vuelca su ira contra todo aquel que no piensa lo mismo, deseando su muerte, destrucción y completa eliminación. Y eso es también parte de la miseria pública. Porque yo no sé vosotros, pero yo no percibo ese nivel de crispación en mi entorno 1.0...igual es porque es relativamente privilegiado al no estar casi castigado por la crisis.

"Cuando pagamos impuestos, damos muchas cosas por supuestas de nuestros conciudadanos. En primer lugar, suponemos que ellos también van a pagar sus impuestos; de lo contrario, pensaríamos que la nuestra es una carga injusta y acabaríamos dejando de pagar. Segundo, confiamos en que aquellos a los que hemos dado un poder temporal sobre nosotros recauden el dinero y lo gasten de forma responsable" como diría Carmen, me deslolo. Y poco más se puede decir.

"Pero si todos somos "demócratas", ¿qué nos distingue ahora? ¿Qué es lo que defendemos? Sabemos lo que no queremos: de la amarga experiencia del siglo pasado hemos aprendido que hay cosas que los Estados definitivamente NO deben hacer. Hemos sobrevivido a una era de doctrinas que pretenden decir, con un aplomo alarmante, cómo deben actuar nuestros gobernantes y recordar a los individuos - mediante el empleo de la fuerza en caso necesario - que quienes están en el poder saben lo que es bueno para ellos. No podemos volver a todo esto"

A mí me da un miedo atroz que ahora aparezca un "salvapatrias" prometiendo trabajo y pan. Pero mucho miedo, porque creo que ganaría. Y lo peor es que podría llegar a entenderlo. A ver si lo sé explicar. Creo que todos tenemos una balanza en la que ponemos libertades en un lado y seguridades en otro. Y cada uno tiene su punto de equilibrio. Personalmente, estaría dispuesta a que me despelotaran plenamente en el aeropuerto si con eso tuviera la garantía de que no iba a haber nunca más un malo subido a un avión. O que me cotillearan el correo. Me compensaría. Pero es una medida personal, entiendo que haya mucha gente para la que sea más importante su privacidad, porque ideológicamente lo es y debe serlo. 
Pero claro, los principios no se comen. Y algunos, los que no somos idealistas ni revolucionarios (vamos, es que tengo claro que si el mundo ha avanzado no ha sido precisamente gracias a gente como yo) tenemos eso demasiado presente. Y yo entendería que el tío que lleva años en paro vote al que le venga jurando y perjurando un trabajo en condiciones, y que no mirase más allá. No sé si lo he explicado como quería o he quedado como una absurda y una persona horrible.

Y ahora a dormir, que vaya horitas.

martes, 28 de mayo de 2013

Tony Judt y los trenes

Tony Judt es un apasionado de los trenes. Yo soy un apasionado de los trenes, aunque en mi caso ha surgido a través del trabajo, pero hay gente, como él, que lo flipa lo más grande con los trenes, las estaciones, los distintos tipos de locomotoras...

No sé si es en Pensar el siglo XX o en el Refugio de la memoria, pero en algún libro suyo muestra su intención de realizar una historia del mundo a través del ferrocarril. Creo que es algo que no llegó a terminar, o al menos yo no la he visto, aunque me encantaría leerla. El tren tiene algo, no es fácil de definir, que engancha. Esas estaciones majestuosas como Grand Central o Atocha, incluso la nueva Hauptbahnhof de Berlín. Esa sensación de fuerza al arrancar. Esos trazados por sitios inverosímiles con espectaculares viaductos y túneles oscuros. Ese bamboleo que te hace tener que ir con cuidado mientras vas de coche a coche (se llaman coches, no vagones, no me seáis, no me seáis...).

Quiero poner algunos párrafos que señalé del capítulo en el que Judt se refiere al tren porque a mí me gustaron.

"Desde la invención de los trenes, viajar ha sido el símbolo y el síntoma de la modernidad: los trenes -junto con las bicicletas, las motocicletas, los autobuses, los coches y los aviones- se han invocado en el comercio y el arte como prueba de lo avanzada que está una sociedad. No obstante, la mayoría de los medios de transporte sólo han sido emblemáticos de la novedad y la contemporaneidad durante poco tiempo. Las bicicletas sólo fueron «nuevas» una vez, en la década de 1890. Las motocicletas fueron «nuevas» en los años veinte para los fascistas y los jóvenes sofisticados (desde entonces han sido evocadoramente «retro»). Los coches (como los aviones) fueron «nuevos» en la década eduardiana y, de nuevo, brevemente en los años cincuenta; desde entonces han simbolizado muchas cosas: fiabilidad, prosperidad, consumo ostentoso, libertad, pero no «modernidad». Los ferrocarriles son diferentes. Los trenes ya eran el símbolo de la vida moderna en la década de 1840 -de ahí su atractivo para los pintores «modernistas», de Turner a Monet-. Seguían desempeñando ese papel en la era de los grandes expresos que cruzaban el país a finales del siglo XIX. Los trenes eléctricos del Metro fueron los ídolos de los poetas modernistas y los artistas gráficos después de 1900; nada era más ultramoderno que los nuevos expresos aerodinámicos que adornaban los carteles neoexpresionistas de los años treinta. En la actualidad, el japonés Shinkansen y el francés TGV son iconos del progreso tecnológico y el más alto confort a trescientos kilómetros por hora.

Parece que los trenes son perennes contemporáneos, incluso si durante un tiempo desaparecen de nuestra vista: en este sentido, un país que no tenga una red de ferrocarril eficiente es «atrasado» en aspectos cruciales. La gasolinera de los primeros días del tráfico rodado despierta una afectuosa nostalgia cuando hoy se la describe o recuerda, pero ha sido sustituida en serie por variantes actualizadas funcionalmente, y su forma original sólo sobrevive en el recuerdo. Los aeropuertos tienen la (irritante) tendencia a permanecer mucho tiempo después de haberse quedado obsoletos funcional o estéticamente, pero nadie desearía conservarlos por sí mismos y mucho menos supondría que un aeropuerto construido en 1930 o incluso en 1960 puede resultar útil o interesante actualmente. Sin embargo, las estaciones de ferrocarril construidas hace un siglo o incluso siglo y medio -Gare de l'Est en París (1852), Paddington Station en Londres (1854), Keleti Pályaudvar en Budapest (1884), Hauptbahnhof en Zúrich (1893)- no sólo inspiran afecto: son impresionantes estéticamente y funcionan. Más aún, funcionan igual que cuando las construyeron. Esto atestigua la calidad de su diseño y construcción, por supuesto, pero también habla de su perenne actualidad. No «envejecen».

Las estaciones no son un atributo de la vida moderna, ni una parte o subproducto de ella. Como el ferrocarril del que son hitos, están integradas en la propia vida moderna. La topografía y la vida diaria de las ciudades, desde Milán hasta Bombay, quedarían alteradas de forma inimaginable si sus imponentes estaciones término desaparecieran. Londres sería impensable (e invivible) sin su Metro -y ésa es la razón por la que los vergonzosamente fallidos intentos de los gobiernos del nuevo laborismo de privatizar el tube dicen tanto de su actitud hacia el Estado moderno en general-. La savia de Nueva York discurre por su indispensable aunque destartalado Metro. Damos por supuesto con demasiada facilidad que el rasgo distintivo de la modernidad es el individuo: el sujeto no reducible, la persona independiente, el yo liberado, el ciudadano anónimo. Este individuo sin vínculos se supone que es preferible al sujeto deferente y dependiente del mundo premoderno. Esta descripción tiene algo de verdad: el «individualismo» puede que sea el mantra de nuestro tiempo, pero para bien y para mal se refiere al aislamiento conectado de esta época inalámbrica. No obstante, lo que es verdaderamente distintivo de la vida moderna no es el individuo sin vínculos. Es la sociedad. Más exactamente, la sociedad civil o (como se decía en el siglo XIX) burguesa.

Los ferrocarriles siguen siendo el atributo natural de la aparición de la sociedad civil. Son un proyecto colectivo para el beneficio individual. No pueden existir sin el acuerdo de la comunidad y, en tiempos recientes, sin dinero de la comunidad: por su propio diseño ofrecen beneficios concretos tanto a la colectividad como al individuo. Esto es algo que ni el mercado ni la globalización pueden conseguir, excepto por una afortunada casualidad. Los ferrocarriles no siempre fueron respetuosos con el medio ambiente -aunque en los costos generales de contaminación, la máquina de vapor fue menos perjudicial que su competidor de combustión interna-, pero desde sus comienzos tuvieron que responder a las necesidades sociales. Ésta es una de las razones de que no fueran muy rentables.

Si abandonamos los ferrocarriles, o los entregamos al sector privado y evadimos nuestra responsabilidad colectiva por su suerte, habremos perdido un valioso activo cuya sustitución o recuperación será intolerablemente cara. Si destruimos las estaciones de ferrocarril -como empezamos a hacer en los años cincuenta y sesenta, con la vandálica demolición de Euston Station, Gare Montparnasse y, sobre todo, la gran Pennsylvania Railroad Station de Manhattan- estaremos destruyendo nuestra memoria de cómo es una vida cívica segura. No es causalidad que Margaret Thatcher insistiera en no viajar nunca en tren.

Si no entendemos por qué debemos gastar nuestros recursos colectivos en los trenes no será sólo porque todos nos hemos ido a vivir a comunidades cerradas v ya no necesitamos nada más que nuestros automóviles privados para desplazarnos entre ellas. Será porque nos hemos convertido en individuos cerrados que no saben cómo compartir el espacio público en beneficio de todos. Las implicaciones de semejante pérdida trascenderían con mucho la decadencia o extinción de un medio de transporte. Significaría que hemos acabado con la propia vida moderna".

Son unas palabras con las que estoy muy de acuerdo. El ferrocarril tiene algo de colosal apuesta por la integración. Es cierto que es deficitario y que es muchísimo dinero lo que cuesta hacerlo y mantenerlo. Y también es cierto que un país sin ferrocarriles es menos país. La decisión no es fácil. El Ministerio acaba de decir que va a cerrar varias líneas, y me parece bien porque no se usa. Tal vez la alta velocidad sea la salvación de esas grandes estaciones que conectan ciudades de centro a centro en pocas horas. No lo sé. Tampoco soy imparcial porque yo me gano la vida con esto. He estado debajo, dentro y encima de trenes, he temblado de miedo cuando estaba en la vía y pasaba a mi lado un mercancías a todo trapo. He tenido que salir pitando cuando pasaba un tren de mantenimiento echando herbicida, me he dejado olvidado un ordenador encima de unos sacos de cemento en una noche de tormenta y... tras recuperarlo, volvió a funcionar.

Es un mundo fascinante que me dolería que desapareciera y del que espero formar parte muchos años luchando para que los trenes sigan llenándonos de emoción.

domingo, 19 de mayo de 2013

Algo va mal en el mercado de trabajo


"Proteger los «buenos» trabajos al precio de no crear más empleos basura ha sido una opción deliberada de Francia, Alemania y otros Estados del bienestar continentales. Ya en los años setenta en Estados Unidos y el Reino Unido el empleo precario y mal pagado empezó a sustituir a los trabajos más estables de los años de crecimiento. Actualmente, una persona joven puede considerarse afortunada si encuentra una ocupación, con el sueldo mínimo y sin seguridad social, en Pizza Hut, Tesco o Wal-Mart. En Francia o Alemania es más difícil acceder a esas vacantes. Pero quién puede afirmar, y con qué argumentos, que alguien está mejor trabajando por un sueldo bajo en Wal-Mart que cobrando el seguro de desempleo de acuerdo con el modelo europeo. La mayoría de las personas prefieren trabajar, desde luego. Pero ¿a qué precio?"

Pues yo misma lo puedo afirmar si sigo el argumento del propio Tony Judt en el libro. Ese argumento que dice que todos debemos colaborar a la caja común, a la comunidad, y no tirar de ella si no es imprescindible. De manera que si una persona tiene la posibilidad de tener un sueldo y aportar impuestos, debe renunciar a su subsidio...

Judt habla de los “buenos” empleos y de los “empleos basura”, y yo me pregunto a qué se refiere exactamente, en especial cuando habla de los “buenos” empleos. Hoy en día, en España, ya casi el único “buen empleo” que existe es el de funcionario: el resto está completamente precarizado. Efectivamente, la protección de los buenos empleos ha sido una opción deliberada, y muy especialmente en Francia, en donde las crisis tardan mucho en llegar precisamente por tener un sector público elefantisíaco. Pero llegan, eso que no lo dude nadie. Y se resuelven perdiendo calidad de vida, por mucho glamour y muchas luces que pongan en Navidad en París. En España ha sido una opción deliberada e incluso potenciada, con un sector público que ha aumentado el empleo entre 2007 y 2012, con un par. Así es que la primera parte de la voluntariedad está cumplida. ¿Y la segunda parte?

En mi opinión, aunque se empeñen mucho, hay un tipo de empleo “precario” que no depende de los gobiernos, por mucho que se empeñen, del mismo modo que no depende de los gobiernos que el sol salga por las mañanas. En un comercio, por ejemplo, hay puntas de ventas, que se cubren con empleos temporales o con contratos por obra. En cualquier empresa hay que cubrir vacaciones. Y hay empresas cuya supervivencia en épocas de fuertes crisis depende de la flexibilidad del empleo, que es un coste que, por debajo de un umbral, ya no se puede variabilizar más. Y cuando los gobiernos se empeñan en que esto no suceda, en negar esta realidad, terminan legislando sobre un mundo irreal y empeorando la situación, y la consecuencia es el mercado informal, y una mayor precarización e inseguridad del trabajador y unas empresas que terminan cerrando (con lo que ya precarizan hasta al empresario). Si tú tienes a un trabajador en negro, hay que sentarte la mano, de acuerdo pero ¿Y si no tienes otra alternativa porque las cuotas e impuestos que hay que pagar al Estado son desorbitadas? Parafraseando a Judt: la mayoría de las personas prefieren contratar a los trabajadores legalmente y con sueldos estupendos, pero ¿a qué precio?

En fin, otra derivada para comentar este párrafo sería la que nos lleva a describir una sociedad acomodada que se queja de que unos inmigrantes nos roban los empleos que los nativos ya no quieren aceptar. Una dualidad infamante que sólo puede traer cabezas rapadas y camisas marrones las cuales, curiosamente, se nutren de un electorado que no procede, precisamente, de los barrios altos de las ciudades, sino de los cinturones industriales deprimidos. La socialdemocracia siempre da que pensar...

sábado, 11 de mayo de 2013

El Estado, los monopolios y las privatizaciones

Siguiendo con la serie sobre Algo va mal de Toni Judt y alejándonos totalmente de los valores literarios del libro (que los tiene) y siguiendo por el lío político y económico y sin entrar todavía (para desilusión de Livia) en el terreno de explcar como el liberalismo no es la destrucción de "todo lo que era sólido"; quería hablar un poco de una parte que trata el libro y que creo que está mal justificado o explicado. También tengo que decir que ni soy economista, ni historiador, ni nada que se le parezca por lo que puede que lo que vaya a decir no sean más que barbaridades sin sentido, pero para mí sí que lo tienen.

En primer lugar, resumiré un poco lo que se dice en el libro. Lo haré un poco así a lo loco porque no tengo las notas ni los subrayados. La idea de Judt es que los servicios que presta el Estado, normalmente monopolísticos, y que deciden venderse y conformarse como empresas privadas, suponen una gran pérdida para el conjunto de la sociedad y el enriquecimiento de unos pocos. Además muchas veces conlleva la obligación de una garantía estatal de beneficios mínimos que hay que hacer frente en caso de que la empresa, por sí misma, no los consiga.

Bien, el hecho de que se venda un servicio que dependía del Estado (pongamos por ejemplo una compañía telefónica) no quiere decir que la sociedad pierda algo con ello per se. Lo que el Estado debería garantizar es que no se produce abuso por parte de esa compañía al partir en una situación monopolísitca o casi y convertir una empresa que no tenía como objetivo ser rentable en una que sí. A primera vista puede que no lo parezca, pero son dos cosas incompatibles. Por un lado se quiere el beneficio y por otra que no abuse de los clientes ni de su posición de preponderancia. Se quiere que mantenga la estructura y a la plantilla, pero a la vez se quiere que compita y no repercuta esos costes en el cliente. Y además se quiere ingresar mucho dinero para tapar agujeros en las cuentas de la administración. Si algo de todo esto sale mal, la culpa es del capitalismo, con lo bien que estábamos antes... pues no, la culpa es de hacer las cosas mal.

Hay maneras de privatizar garantizando la competencia como dividir la empresa en otras más pequeñas que compitan entre sí o que se presten servicios complementarios. El plantear formas en las que se pueda adaptar la plantilla a las nuevas situaciones también es complicado porque normalmente los trabajadores son asimilables a funcionarios, incluso puede que lo sean; de manera que una plantilla, generalmente hiperdesarrollada para el trabajo que tiene que realizar, tiene que mantenerse a costa o de que los usuarios paguen un sobrecoste por el servicio y por mantener esos puestos de trabajo o que sea el Estado el que se haga cargo de las pérdidas que ocasiona una empresa ineficaz en la que no se pueden tomar decisiones como reducir la plantilla. ¿Qué es mejor? Si me preguntaran a mí, lo mejor es no tener monopolios, no haber creado esa hidra que se come muchos más recursos que los que genera, pero como eso no es posible...

Integrar esos monopolios en la economía competitiva es muy difícil. Hay que pensar que en el caso de España dependían del Estado (en todo o en parte, mayormente en todo) las compañías eléctricas, telefónicas, petroleras, de aviación, de autobuses, de aguas, los ferrocarriles... son las que me vienen a la cabeza en este momento, pero supongo que habrá muchas más.

¿Y por qué no mantenerlos en el Estado? Pues porque mantener con el dinero asegurado de los impuestos de los ciudadanos servicios que no son esenciales llevan a pagar un sobrecosto por ellos y, además, de manera obligatoria; uses o no uses el servicio que prestan. Muchas veces a eso se le llama solidaridad, pero al no ser algo voluntario no sé yo si tiene algún valor. Si tú no puedes elegir...

Lo que permite el mercado es elegir. Elijo de entre lo que hay lo que más me conviene. Ahora puedo elegir qué compañía de teléfonos quiero y con qué servicios. ¿Os acordáis cuando Telefónica decidió cobrar por que en la pantalla del fijo de casa te dijera quién era el que llamaba? Eso solo puede pasar cuando una empresa tiene la sartén por el mango y al cliente le toca tragar: son lentejas, o las comes o las dejas.

Es cierto que hay otros sectores en los que no hay posibilidad de elección o esta es muy limitada como con las compañías eléctricas y así estamos. Pagamos más del doble que hace diez años por la luz. He encontrado esta referencia de que en cinco años ha subido un 70%. Cierto es que a eso hay que sumar lo que pagamos indirectamente, queramos o no, por las subvenciones a las renovables, más las cosas esas infames del déficit de tarifa, que parece ser que pagamos poco. El caso eléctrico es paradigmático en cuanto a hacer las cosas mal por todos los puntos de vista. Es una sangría para el Estado y para el consumidor. Claro que de eso la culpa la tienen los mercaos.

La única justificación más o menos decente que se da en el libro es la de que muchas veces esas empresas privatizadas se dejan sin inversiones y se intenta sacar el máximo posible de ellas llevándolas directamente a la ruina privando a la sociedad de un servicio que antes tenía. Es cierto. Pero también tienes que ver a quién se la vendes, claro, y en qué condiciones. Si tú quieres que no se despidan a los trabajadores, llevarte un buen pellizco por venderla, que siga prestando sus servicios, que se gaste dinero en mantener las instalaciones o en ampliarlas y que no pueda subir el precio al cliente... pues ¡la gallina! Es imposible. Y en esas condiciones... ¡haber elegido muerte!

Al final siempre hay alguien que paga, normalmente nosotros, y en estas situaciones creo que es mejor: pagar solo por lo que se usa, poder elegir entre varias posibilidades, destinar el dinero de los impuestos a pagar servicios que sí da el Estado y no a subvenciones a lo que no debería.

Los monopolios son un ejemplo de lo que es el ansia del Estado por crecer sin mesura y la manera de deshacerse el Estado de estos servicios, normalmente deficitarios, es otro ejemplo de cómo no hacer las cosas y de cómo normalmente es mejor que la iniciativa privada se encargue de según qué cosas. Busca la rentabilidad, sí. Pero ¿es que eso no lo buscamos todos?

Bueno, pues hasta aquí he llegado. Me da miedo revisar lo que he escrito y no sé si tendrá algún tipo de coherencia, espero que sí. Y si no, la culpa no es mía, ¡es de los MERCAOS!